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La Emoción Moral - José Ramón Otero Roko

En el anterior texto que publicamos en Arts Coming “Ética de la Forma” insinuábamos la idea de “emoción moral” como propuesta para evolucionar el concepto de ‘háptica’ elaborado por el crítico de Arte y anarquista Herbert Read. Una emoción moral que se incorpore a la aprehensión más primaria de las creaciones. Porque a pesar de que el Arte ha sido abordado en el siglo XX, y en el XXI, desde todo tipo de categorizaciones técnicas, sensitivas, culturales, su intencionalidad política se ha diseminado en numerosas ocasiones sólo como vulgarización de las obras.  El juicio estético correspondía al crítico. El juicio ético, y su correlato en forma de discusión, a la opinión pública, no compradora y muchas veces no observadora del Arte, en un proceso acentuado desde la irrupción de la postmodernidad por la pregunta ¿quiénes somos nosotros para juzgar la moral del otro?

 

Ese complejo de indeterminación ante las dudas que surgieron tras la caída de diversos muros se ha ido superando en una sociedad químicamente lábil, en la que, por medio de la observación y deliberación de los asuntos públicos, y el arte no es otra cosa que un asunto público, se tiende a reequilibrar el ecosistema ideático y a hacerlo más estable gracias al fuerte contrapeso de un sector social amplísimo en el que se discuten y se deducen todas las sinergias sociales. El sujeto hoy no acude a donde se expone el arte contemporáneo para admirar su precio sino para confrontarse con el valor de su pensamiento.

 

Luego podemos explorar la tesis, ya veremos si correcta o no, de que estamos en un proceso en el que el significado está recobrando su primacía sobre el significante. La discusión del valor estético sigue siendo complicada y es difícil decidir si nos encontramos en algo parecido a los principios de una democracia creativa total, donde pueden seducirnos desde el artista que copa museos y galerías hasta el outsider que todavía no ha llegado, o no ha querido llegar, al mercado, como al revés, sumarnos al elitismo y tentarnos con la aseveración de que tal multiplicidad impide que las creaciones singulares se perciban como tales y que la avalancha de propuestas está codificada de modo que abunda la repetición y escasea la originalidad. Seguramente es la segunda idea, a la que cualquiera puede acudir en un momento de flaqueza o hartazgo, la que está equivocada, porque en el fondo deviene de la providencia la creación y desprecia que el libre tráfico de obras y pensamientos, de formaciones, de análisis, de comunicación, sea la herramienta gracias a la cual surge cada día más arte que nunca.

 

¿Pero ese valor funcionalmente estético de otra gran parte del arte contemporáneo qué nos dice? Sólo una minoría arrinconada por el curso de la Historia, y que disfruta impostando las señas de identidad de una élite, parece llamada a obligar a las obras a neutralizarse de su trascendencia en el hoy. Porque el público, quien dictamina los fracasos del “arte para un estilo de vida”, parece cada vez más interesado en observar las creaciones artísticas como una contribución al debate en el que participa a través de las calles, las redes sociales y los medios de comunicación online. No importan los cálculos en base a un número áureo, importa que las obras nos discutan, nos apoyen, nos rebatan, nos sirvan como un ejemplo que va a ser verbalizado decenas de veces en la vida de cada observador. Importa la emoción moral.

 

El precio de la obra influye cada vez menos en su valor. Aun no habiendo visto las noticias en televisión desde hace años se puede sospechar que los grandes titulares sobre sumas alcanzadas en subastas, que acompañaron nuestra adolescencia haciéndonos creer que el arte era inalcanzable, han quedado para los medios más sensacionalistas, o al menos en las redes sociales y en los agregadores online que uno conoce no tienen ninguna relevancia y permanecen visibles tan sólo en los mentideros del negocio del Arte. El valor hoy es el sistema de ideas que sostiene la obra. Por eso el Arte se ha entrelazado en tantas cosas, no por una similitud estética o por una finalidad comercial que unifica lo más dispar, sino porque deseamos establecer vínculos y comunicarnos con cuánto nos relacionamos, porque la belleza es el vehículo de la armonía, y como decíamos en el artículo anterior, la armonía es el vehículo de la justicia.

 

La belleza moral renuncia a ser pragmáticamente universalista. No valen los discursos de esa otra concepción de la belleza donde los y las aspirantes a Miss Universo piden la Paz Mundial y un libro de Coelho para llevarse a una isla junto a su perro Jurgen. De lo que se trata es de confrontar ideales y principios contra las praxis del lado oscuro del mundo, ese lado que excluye de la perfección a casi todo y a casi todos. La belleza moral es una parte, una fracción de un futuro que intentamos que se anticipe. Una idea que tiene forma en estas tres dimensiones, un acto que pretende convocarse en asamblea junto a su público.

 

Las emociones son identidades y la identidad es la base del Arte. Por ello cuando hablamos de beligerancia no estamos proponiendo una guerra que no haya librado ni una sola obra en la Historia, lo que sucede es que esas batallas casi siempre se han ejecutado desde el otro bando, en una jerarquía que no podía discutirse, donde los excluidos, los no embellecidos, los no adulados por una armonía imaginada, eran los oprimidos, aquellos, éstos, de los que se extraía y se extrae de su esfuerzo la sal con la que pagar la posteridad. El Arte no es un privilegio, es un derecho de todo aquel que trata de expresarse con justicia. Y la emoción moral preexiste a cualquier otro tipo de emoción, porque más allá de una plástica, a la que no podemos aferrarnos, nos proporciona el poso que vendrá con nosotros el resto de la vida, su reflexión en forma de símbolo,  su interpelación para absolvernos o condenarnos por haber o no haber estado a la altura del eidos inmutable que hace al mundo inteligible.

 

José Ramón Otero Roko

Crítico y poeta

http://afaltadelectura.es

 

 

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